sábado, 10 de noviembre de 2018

SIN PRETENDERSE


Hace unos días, paseando hacia una actividad social agradable, una exposición de pintura, en donde iba a reunirme con amigos y en general personas interesadas en aspectos que no son imprescindibles para vivir pero que facilitan mucho el acto del mismo verbo: la vida, pasé por un portal en el que había varias placas de profesionales que allí desempeñaban su trabajo. Una de ellas me llamó la atención. Decía: "Consulta de sueño. Estudio de sueños nocturnos". Por supuesto pensé que se trataba de una consulta de neurofisiología en la que se estudiaría si existe algún problema físico a la hora de dormir, una apnea respiratoria (dejar de respirar por un período breve de tiempo), o problemas psíquicos como el estudio sobre terrores nocturnos asociados al reposo..., pero nunca se me había pasado por la mente que se anunciara el estudio del sueño como tal, así de frente, sin una elaboración oral previa para conocer al individuo, saber de su vida, su trabajo, sus relaciones, su personalidad, etc... Y tal vez no sea así sino todo lo contrario...
El sueño como tal es muy complicado de analizar, es esa semilla que germina cuando y como menos se espera. Una fuerza sobrenatural guía ese posible big bang neuronal  que solo puedo compararlo con la unión de dos personas cuando sienten que el deseo entre ellos es más fuerte que cualquier otra fuerza de la naturaleza. Y aún así, el deseo, incluso si quiere ser desplazado por inconveniente, echa raíces que se introducen por debajo de las puertas, cubre las ventanas, se asoma por la puerta de manera cínica, como si fuera algo totalmente natural incrustarse en sus vidas. Y se resiste hasta que un día el ambiente y la luz son en exceso indiscretos y la escabrosidad de raíces son como una lluvia mortecina que no cesa, silente, lenta, y toma posesión a sus anchas y prosigue su crecimiento y sucede lo inevitable.
Soñar siempre comporta una dualidad, un compromiso con aquello que provoca sin saberlo, desconociéndolo... Gustave Flaubert escribió que: de tanto mirar una piedra, un animal o un cuadro, siento que entro en ellos. Probablemente algo de eso me sucedió esa noche. En uno de los libros de ARS,  comenta que Gastón Bachelard  afirma que el jardín de Michaux es más completo por ser más diminuto. Está convencido que en la ensoñación poética sobre la materia hay invariablemente una paradoja: el interior de un objeto pequeño siempre es más grande y emocionante que uno inmenso. Desconozco la base que sustrata tal afirmación y si en este caso puede compararse, pero aquella noche soñé y supe al día siguiente qué soñé. Y necesité con premura leer aquella página 132 del libro de ARS en donde se describe parte de mi deseo misterioso. Es más que posible que alguno de aquellos cuadros oferentes a los ojos de todos los que allí nos reunimos fuera el causante de que el viento y las flores se batieran con fuerza aquella velada nocturna y que aún rememore con dudas aquel sueño aunque no reconozca a los intérpretes o a los oferentes, y que la próxima vez que pase por aquel portal ni me fije en esa placa dorada que una noche me hizo detener el curso de mis pensamientos ensimismados.

2 comentarios:

  1. Solo es capaz de hacer realidad sus sueños el que cuando llega la hora sabe permanecer despierto .
    Dejar la imaginación vacía de deseo y de emoción es morir lentamente un poco cada día .

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  2. Totalmente de acuerdo. Sin embargo...¿qué seríamos sin sueños...?. En ocasiones me lo pregunto, porque si sucediera todo lo que deseamos estaríamos perdidos, vacíos... No hay verdadera errancia sin añorar algún oasis, leí en algún sitio. Ocasionalmente me gusta soñar despierto (realmente lo podríamos llamar...ensimismación...) y me agrada, me da la sensación de flotar por entre los que me rodean por las calles mientras oigo a una Mercedes Sosa cantarle a la vida...pero enfín, son ensimismaciones, claro...

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