lunes, 10 de diciembre de 2018

LIBROS ABIERTOS



Releo un libro de ARS (Nueve veces el asombro) en el que dice: en una lengua muy antigua del desierto, la palabra Mogador significa "lugar donde aparece el destino", donde se hace visible de pronto el sentido de la vida porque toma el cuerpo de un deseo ardiente por una persona". Dice también que las mujeres usan una caligrafía más o menos indescifrable y se hacen en el pubis un tatuaje en donde dan vida a ese o pequeño o gran  incendio que ha consumido o transformado algunas vidas. Siempre el pubis habla porque los labios están cercanos y traducen con su parlamento lo que el cerebro y el corazón han asumido antes. 
Siempre de volver a la lectura de libros que te enseñaron se puede aprender. Será porque ya tú no eres el mismo o porque el modo de pensar ha variado en tu mente, que los sonidos indiscretos del deseo se manifiestan de otra forma, con otros vientos, con piel de jaguar o instantes más confluidos que demoran el tiempo, lo tranquilizan y desaceleran lo que en otro tiempo se hubiera apresurado. El tiempo es un sexo abierto a la imaginación respetuosa, a una aparición nunca antes imaginada que procura una visión abisal, a ese misterio oculto que facilita el recibimiento y se mantiene en un baile a dos sin permiso para ninguna otra entrada, a ese espacio inviolable por nadie, incompartido, solemne porque lo mágico solo es  de dos.

Hace años que comencé a leer y mirar... y tengo la impresión que siempre me quedo en las primeras líneas...dilucidando si entre la templanza y la indiferencia media alguna forma de pasión encubierta.

sábado, 1 de diciembre de 2018

AROMAS ETERNAMENTE VIVIENTES


Era como si una mano le estuviera diciendo: "Entra...entra...entra...". Intuía que se trataba de nuevo del imperioso deseo que todo lo inunda reprimiendo esa bocanada de aire imprescindible para poder seguir viviendo. Penetró con cierto temor, (como le leyó en una ocasión a Francisca Aguirre), como si fuera el caballo de lidia que en pica va hacia el toro con los ojos vendados conducido por quien le ha adiestrado y confía le va a hacer bien seguir los empujes del jinete. Hasta le causó escrúpulo el suave tintineo de la campanita que colocada en el dintel de la entrada anunciaba el advenimiento de un nuevo pasajero a la nave del olvido... Y allí contempló aquel Olimpo, lo que siempre había imaginado tener en forma de objetos, cosas simples que otras manos, otros cuellos, otros cuerpos en suma habían transportado, o tocado, o asido, o simplemente visto o adornado paredes de casas vibrantes y latientes, centelleadas por presencias casi transparentes y siempre arraigadas. Durante aquellos minutos, muchos, se sintió parte de ellos, transportado a lugares imaginariamente vividos donde con ella estaba, como en el café Hafa viendo el gran azul perenne, asida a él como una adolescente lo está a su primer amor, siempre con la palabra en las manos, arrojándola a una vida avariciosa, amenazante, usurera y sobre todo  incierta. Hubo un momento en que se sintió el náufrago solitario al que un día le llevó el sueño en la oscuridad abisal del agua marina, aquel día que descubrió momentos felices.

La memoria siempre es efímera...(¿o será que soy de frágil olvido...?), y alfombra el tiempo pasado con hojas por las que la savia ya no circula y son hojas muertas, como lo describe espléndidamente la canción francesa de Prévert y Kosma, y que fue Yves Montand quien luego la eternizó. Asumía que caminaba por las mismas hojas, pero de un almanaque de recuerdos deformadamente reales, envueltos en trechos de vida aletargada, cobijándose sobre el desierto del gran azul donde se arropaban junto a él para vivir la noche del poniente, con la luna como único invitado y con las estrellas como voyeurs de sus estremecimientos, sus lujuriosas miradas, sus ávidos gritos de gozo una y otra vez, alimentando su delirante deseo de no sucumbir al día, a continuar enredado entre sus largas piernas, anudándose como serpientes en celo... Todo y más le decían aquellos esqueletos de materias que un día fueron objetos y hoy habían alcanzado el grado de unicidad porque el Made in China ha vulgarizado todo... hasta a las personas. Y fue entonces cuando unas lágrimas ignominiosas, indignas y traicioneras surgieron sin arrepentimiento alguno de sus ojos, objetivando esa soledad que únicamente conocen los que la alcanzan sin quererlo, una soledad envolvente, penetrante, ilimitada, sin cura, y que le devolvía la imagen de aquel ávido afán que nunca más fue pero al que sin embargo su perfume no era amnésico, no se había evaporado...lo había recobrado dentro de aquellas cuatro paredes vivientes en un país en el que ella aún habitaba...

sábado, 24 de noviembre de 2018

ACTIVOS ADICTIVOS



Imaginó el hammam donde Kadiya estiró su brazo izquierdo hacia Fatma, impregnado de los vapores de un agua ajazminada, deseoso como en una ceremonia secreta de la que todos y nadie es invitado. Podría haber inventado un registro poético de las señales de la sutileza amatoria, de esa arquitectura imaginativamente real que únicamente conduce a ese final transitorio que aplaza ese próximo encuentro de húmedos cuerpos, de ese mapa corporal tanto externo como imaginativo que junta y separa, niega y afirma, conoce y re...conoce... Desgraciadamente el hammam era solo para ellas, para sus secretos...
Y él quería negar lo obvio, lo que se sueña ajenamente y propicia el resucitar juntos, pero la imposibilidad de que la realidad subrayaba su ausencia provocándole ese desasosiego tan conocido por los amantesamados deshacía cualquier negación y amanecía lo evidente. Nunca el amadoamante piensa en lo quebradizo, el sobresalto que acompaña la amenaza de un mal despertar. Solamente, reconocía, como dice en uno de sus libros mi admirado ARS, la existencia de esa planta llamada impaciencia, con tallos frágiles y hojas afiladas que se dirige hacia la luz, apartando cualquier suavidad emanante de tactos entregados y delicias contrastadas. Lo que desea lo exige, lamentablemente, porque lo preferible del deseo son esos preámbulos, esas dudas, esos acercamientos que pretender ser esa certeza a la que nadie inteligente reniega. Se es responsable siempre de lo que se dice pero también de lo que no se dice y solo se piensa-decía Confucio.
Por mucho empeño que nos impongamos en negar lo evidente es difícil desnudarse sin quitarse la ropa que nos ha calentado, caracterizado, dulcificado una piel en ocasiones ausente. Es por ello imprescindible la reflexión, con el inconveniente de que se pliega en uno mismo, y éso, en ocasiones puede provocar dolor. Del cuerpo, la mayoría de las veces solo se ve el exterior, y una inmensa mayoría piensa que no es intuyente que pueda existir un interior en él, y....siempresiempresiempresiempre lo hay. Todos los cuerpos están llenos de citas, y no todas son de Platón...

sábado, 10 de noviembre de 2018

SIN PRETENDERSE


Hace unos días, paseando hacia una actividad social agradable, una exposición de pintura, en donde iba a reunirme con amigos y en general personas interesadas en aspectos que no son imprescindibles para vivir pero que facilitan mucho el acto del mismo verbo: la vida, pasé por un portal en el que había varias placas de profesionales que allí desempeñaban su trabajo. Una de ellas me llamó la atención. Decía: "Consulta de sueño. Estudio de sueños nocturnos". Por supuesto pensé que se trataba de una consulta de neurofisiología en la que se estudiaría si existe algún problema físico a la hora de dormir, una apnea respiratoria (dejar de respirar por un período breve de tiempo), o problemas psíquicos como el estudio sobre terrores nocturnos asociados al reposo..., pero nunca se me había pasado por la mente que se anunciara el estudio del sueño como tal, así de frente, sin una elaboración oral previa para conocer al individuo, saber de su vida, su trabajo, sus relaciones, su personalidad, etc... Y tal vez no sea así sino todo lo contrario...
El sueño como tal es muy complicado de analizar, es esa semilla que germina cuando y como menos se espera. Una fuerza sobrenatural guía ese posible big bang neuronal  que solo puedo compararlo con la unión de dos personas cuando sienten que el deseo entre ellos es más fuerte que cualquier otra fuerza de la naturaleza. Y aún así, el deseo, incluso si quiere ser desplazado por inconveniente, echa raíces que se introducen por debajo de las puertas, cubre las ventanas, se asoma por la puerta de manera cínica, como si fuera algo totalmente natural incrustarse en sus vidas. Y se resiste hasta que un día el ambiente y la luz son en exceso indiscretos y la escabrosidad de raíces son como una lluvia mortecina que no cesa, silente, lenta, y toma posesión a sus anchas y prosigue su crecimiento y sucede lo inevitable.
Soñar siempre comporta una dualidad, un compromiso con aquello que provoca sin saberlo, desconociéndolo... Gustave Flaubert escribió que: de tanto mirar una piedra, un animal o un cuadro, siento que entro en ellos. Probablemente algo de eso me sucedió esa noche. En uno de los libros de ARS,  comenta que Gastón Bachelard  afirma que el jardín de Michaux es más completo por ser más diminuto. Está convencido que en la ensoñación poética sobre la materia hay invariablemente una paradoja: el interior de un objeto pequeño siempre es más grande y emocionante que uno inmenso. Desconozco la base que sustrata tal afirmación y si en este caso puede compararse, pero aquella noche soñé y supe al día siguiente qué soñé. Y necesité con premura leer aquella página 132 del libro de ARS en donde se describe parte de mi deseo misterioso. Es más que posible que alguno de aquellos cuadros oferentes a los ojos de todos los que allí nos reunimos fuera el causante de que el viento y las flores se batieran con fuerza aquella velada nocturna y que aún rememore con dudas aquel sueño aunque no reconozca a los intérpretes o a los oferentes, y que la próxima vez que pase por aquel portal ni me fije en esa placa dorada que una noche me hizo detener el curso de mis pensamientos ensimismados.

martes, 6 de noviembre de 2018

PASABA POR AQUÍ ...



Él lo sabía desde el mismo instante en que partía con incierto destino: la distancia mínima entre dos no deja de ser una distancia. Y siempre la hay. Si hasta en ocasiones, piel contra piel deja pasar suspiros...cuando el alejamiento es mayor llega un instante en que el olvido prescribe la búsqueda furtiva, ese sueño de que nada importa sin tenerle, que no hay nada antes ni probablemente ya después. Es por ello que aprovechaba cualquier segundo que marcara el reloj aquél que compró en Myanmar, que nunca le informó de la hora exacta y que le recordaba constantemente aquella tarde visitando Hsinbyume, la colosal pagoda blanca rindiendo tributo al mitológico monte Meru; lo situaba entonces en aquel beso profundo y enérgico con los labios dilatados entre sus piernas, escondidos entre la maleza, siendo la sonrisa más profunda nunca mejor brotada de su boca. Y en aquel momento sólo importaba tenerse y ser tenido, poseer y ser poseído mientras duraban las dos sonrisas. Esa presencia sonriente explicaba cómo, en el amor, lo de arriba puede estar abajo lo de antes puede ser futuro y lo que vendrá, historia...tal vez. Y mientras él la miraba sus ojos sonrientes, maliciosos, retozones y misteriosos, al mismo tiempo seguía rememorándola en aquel hotel de Taipei, en el distrito de Da´an decorado profusamente como les dijo el uniformado conserje plagado de charreteras,  con muebles de la dinastía Song, viendo la enorme ciudad a sus pies, escuchando una suave melodía de guzheng y creyendo que la distópica jungla que se veía abajo, a cuarenta pisos bajos sus pies nunca sentirían la felicidad que en aquel intervalo, como el vuelo de una mariposa...estaban sintiendo. 
Los viajes nunca son un sueño ajeno. En cada uno se quiere quedar para siempre, dejar una impronta de sentimiento, de deseo compartido en cada pared que las circunda, como en Mogador que todas sus calles tienen un significado para el amanteamado...
Escuché decir a alguien una vez que quien no ha ardido nunca, no sabe lo que es el fuego, pero lo supone. No estoy de acuerdo en absoluto: no es que nos venga grande lo que no somos, es que nos cuesta reconocer lo que somos.

domingo, 4 de noviembre de 2018

DUDAS INRAZONADAS


Sintió repentinamente que algo había sucedido, que el tiempo, como dicen los malos guionistas de películas de tercera, se había detenido al verla. Decidida aunque tímida se acercaba arrastrando un perfume amizclado y tibio que envolvía aquella cita espontánea. Le contó alguien, muy sabio en este tipo de situaciones, que cuando esto sucede, en algún otro lugar del universo explota una estrella o que en el norte de Canadá comienza la extraña migración de doscientos millones de mariposas que cruzarán cinco mil kilómetros para pasar el invierno entre volcanes apagados de Méjico, o que todas las nubes se retirarán del cielo parisino para dejar pasar rayos de luz desconocidos hasta ese momento solamente habitados en el desierto del Sahara mientras se oye una canción de Jeanne Bourgeois, (más conocida como Mistinguette), o que un pintor con miles de horas a la espera de la inspiración cubrirá lienzos de espejismos etéreos llenos de sonidos de sombras largas... Desdijo aquel momento la frase de un nostálgico enfermizo de desdicha que le comentó que los encuentros, incluso los menos infrecuentes, son improbables. Dejó de ser memorizable para él. Sabía que en la melancolía hay demasiado yo. 
Solo sabe el Sonámbulo que quien cuestiona la verdad puede amarla, y que a nuestros semejantes, posiblemente también les suceda la misma proliferación de advertencias para dudar qué camino seguir. 
Inconsciente no siempre significa involuntario y tener horizontes ayuda siempre a ver de cerca...

(continuará... algún día)

lunes, 22 de octubre de 2018

LO VIO Y LO SINTIÓ.


Le dijo: Tu ropa cuelga como una ausencia. Le entendí. 
De la misma forma que entiendo que hay espejos que son expertos en apariciones, en verdades ocultadas por el suave terciopelo de un cortinaje teatral, hay ropas que hablan por sí solas por cómo cuelgan, por cómo se retuercen o languidecen en el armario de las sensaciones, unas veces esquinadas, otras esperando ser protagonista, las más esperando ser poseídas por cuerpos que luego las usarán para abrazar o ahuyentar, hablando por sí solas porque el cuerpo solo es, en cierto modo, visible.  Es su desnudez la que después cifrará sus endorfinas para hablar con el lenguaje del deseo, del gozo nunca del todo satisfecho, siempre apasionado porque sin esto último nada llega a ser ni siquiera vulgar.