miércoles, 31 de marzo de 2010

AUTOCONOCIMIENTO


El sonámbulo les habla en muchas ocasiones a quienes están ciegos y sordos vitales que siempre hay algo que buscar, no se desesperen y sientan el cansancio sobre sus espaldas porque ese enlentecer causal siempre aparecerá, se quiera o no, con el paso del tiempo. Por ello, mientras no arrive, se siga amando lo imposible, deseando lo infinito. Pero no amar de manera posible lo imposible ni desear de modo infinito lo finito... sino mirándose en el espejo, por muy pequeño que éste sea sea, aunque se haya restaurado en varias ocasiones.

El cansancio más profundo siempre proviene de sumar todas las desilusiones que nos creemos ya olvidadas, de acumular todas las desesperanzas a las que negamos su existencia, de soportar todo el peso del mundo como si fuéramos un Atlas... El cansancio proviene también de haber dejado de desear con todas las fuerzas que una vez lo hicimos, lo que sea, a quien sea, en donde sea... ¿Dónde quedó la experiencia de las actitudes?. La sabiduría no es transmisible como no lo son las soluciones de ayer a los problemas de hoy, sí el acto no la forma...

Me preguntó alguien en una ocasión: ¿Habré amado alguna vez?. Sin duda tuviste la intención, pero la capacidad... ¿la tuviste?. Lo pensaré, me contestó. Todavía espero su respuesta.

Y es que aún no existe una asignatura en el curso de adiestramiento a la vida que se titule AUTOCONOCIMIENTO.

Seguiré exigiéndola.

domingo, 7 de marzo de 2010

INSTANTES SONÁMBULOS.


Llegó un instante en que Ignacio Labrador Zaydún- nos cuenta ARS en La mano de fuego, Alfaguara.2008- sueña e imagina, recuerda y vive, sabe y dice lo que su amante ordena y guarda. Todo aquello fue tomando forma en historias que nos fue dejando para ser conocidas por otros de la casta antes que se conviertiera en las cenizas que conformaran otro destino, con destreza y seguridad, otro contenedor de deseos.

Siguiendo la espontaneidad del libro para ser leído, lo abrí por casi el final, antes de la coda, y me habló de sus últimas horas, aquellas en las que Jassiba se obstinaba en dudar de la naturaleza y seguir sintiendo su vida junto a ella, comunicándose mirando la luna llena (la luz del sonambulismo que los unía). Mientras me contaba cómo los dedos de ella acariciaban los labios de su amado y sentía que la memoria final comenzaba a correr desde las yemas de los dedos, imaginaba ver cómo era realmente aquel momento, qué colores inundaban tales instantes, ocres para mí delirio, cuáles sus sonidos que no podía descifrar siendo solamente crujidos lo que llegaba a mis sentido auditivo, a qué olía aquella última amalgama de carne... y era aceite de argano que le había puesto en la lengua. Todo lo leía con hipnótico asombro, como lo describía ARS, intentando sujetarlo en mi parahipocampo hasta hacerlo mío e impedir que no me abandonara nunca por lo que me había enseñado su vida. Incluso en aquel último instante en que como flor de ágave se resistía a irse, brotando de ella toda su belleza y lozanía, reivindicante, demostrándoles a todos que esos miniespacios temporales que aún le restaban conformaban el resumen de su existencia, real o imaginaria, ¡qué más daba ya!, pero circunvalatoria existencia deseante, la suya, la que de nadie más podía ser ni sería nunca, el que fue jardinero, el que fue jaguar, el conquistador conquistado o el alfarero enamorado que prepara el barro mezclado con sus cenizas...
Acabé de leer el capítulo y durante unos instantes escénicos viví la creencia de la lírica realidad de la espacialidad de quien no vive sino piensa, informe y refractario a cualquier molécula circundante, siendo solamente... un deseo.