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jueves, 6 de febrero de 2014

PUZLE


Le confesó que recorría las calles subrayando su ausencia, despoblando su melancolía, ignorando el por qué de la pérdida, aguardando su regreso como la amanteamada se sienta sobre las rocas buscando en el horizonte una huella que le de fortaleza para seguir esperando la barca de su amadoamante. Ocasionalmente se autoengañaba con una esperanza quebradiza como una oblea, y se preguntaba si sería diferente la demora del alma en caso de conocer lo que sabía: que todo nunca es para siempre, que del resto apenas tenemos noticias. 
Le contó que sus sueños ya no lo eran, que se habían convertido en sinfonías batientes de melodías inacabadas. Recordaba el inventario poético de deseos incumplidos, o realizados, ¡peor aún!, como si fuera la tradición del adab: trabajo que a la vez es un poema, destino de la literatura arábigoandaluza que disciplinaba los pensamientos por muy incomprensibles que fueran. Veía claramente la geometría sutil, la arquitectura que esos deseos habían construido en el espacio secreto de la imaginación de los creadores. Se debía descreer que algunos cuando llegan, incluso antes, ya se han ido... 
El Sonámbulo, en aquel instante, solo acertó a decir que, antes de ingresar en la casta, la primera vez que no durmió por alguien estaba solo, y que es turbador sentir la compañía de lo que no ha sido, que el humano no atiende a sus propios mensajes, los que crea él con sus formas y maneras, que nunca son mudas sino que hablan para el interior. Desprecia mil palabras, quédate solamente con la que te traiga paz, recuerda que dijo Siddharta Gautamá. 
Somos un puzle por construir. Cada día aprendemos enseñanzas nuevas. Hasta nuestros defectos hablan de nuestras virtudes. Tan solo hay que oirlos. 

domingo, 19 de febrero de 2012

ELLA CRECÍA JARDÍN.



Recuerdo hoy una de las historias que el halaiquí contaba en la plaza del Caracol, en Mogador, la ciudad del deseo. Se refería al jardinero nómada, aquel quien huelló la vida de Jassiba y viceversa, porque ambos se encontraron navegando diferentes sensaciones hasta que coincidieron en la confluencia de una palpitación.

Jassiba era una devota de las cerámicas y sentía que su embarazo era, como dice ARS en Los jardines secretos de Mogador, una mano invisible de alfarero modelando a veces con torpeza y sin paciencia pero siempre con un interés obsesivo en el destino de sus formas. Había ido apreciando en su cuerpo la Marea de las nueve lunas, o cómo se formaba una tienda en el desierto influenciada por el viento, cómo ríos y lunas se mezclaban, o dónde confluía el lugar donde se ata y se desata, y cómo se producía la catarata de sombras. Jassiba había visto como su alfarero la metamorfoseaba. Ella crecía jardín. Ella se hacía flor. Y todo él, su amadoamante se acercaba a ella de la única manera que podía hacerlo, ciego de otras sensaciones que pudieran enturbiar el contacto con su aroma más interno, más puro.