En alguna ocasión, una caminante que me leía ocasionalmente me reprochó que mi manera de hablar fuera ligeramente bífida. Y es cierto.
La escasa abundancia de hablar de lo que verdaderamente es importante en el exterior, hace que me trasvista en mundano para dejar lo verdaderamente valioso y advierta que a menudo los obsequios se conviertan en indemnizaciones. Todo ello orientado en ocasiones indefinidas al aroma de esa amadamante que es interesante cuando ha alcanzado ese sublime punto de trágica inflexión en el que le sobra corazón y le falta litio. El peligro suscita la incomprensión lógica de esa llamada de besos a granel sin la sordidez que los acompañan la mayoría de amados.
Mientras, alguna mujer que me leyera pudiera estar feliz ignorando que no lo es, con esa sonrisa de cilicio que le cruza su rostro escaleno. Pudo serlo todo, probablemente, y todo se quedó en menos, que no en nada, porque esa pequeñez hace que le recuerde como se recuerda haberse abrazado a un sudario caliente en una noche helada. Y es que cuando la amadamante se suprime las ojeras se le queda una faz sin datos y sin misterio... Mejor ser ella misma siempre.